LOGIA AUZOLAN Donostia-San Sebastián- LE DROIT HUMAIN

El egregor

El egregor

Egregor”, del verbo griego “egregoroi”, significa velar, vigilar. Cuando nominalizamos el verbo, “el egregor” o “la egrégora” significa la energía colectiva de dos o más personas que se reúnen con un fin. Esta energía es máxima cuando los miembros del colectivo ponen su atención, sus emociones y sus acciones bien coordinadas en busca de un mismo fin. Es decir, el egregor es máximo cuando la coordinación o armonía entre los miembros del grupo es óptima.

En este sentido, refiriéndonos al egregor máximo, decimos que se produce o logra el egregor, cuando las tareas a realizar fluyen con armonía. Curiosamente suele ser en esos momentos cuando más a gusto nos encontramos realizándolas. Así, el egregor puede lograrse en un equipo deportivo, en un coro, en una familia, en un aula escolar, en una empresa, en un parlamento, en un ritual social, etc.

Como en los antiguos mitos, algunas personas antropomorfizan el egregor y lo consideran un ser vivo con fuerza y voluntad propias, generadas a partir de las personas coordinadas que lo alimentan, pero independiente de cada una de ellas. Así, cuando los trabajos fluyen bien, pueden decir que “Ha aparecido el egregor”, como aquellos que dicen “Ha pasado un ángel” cuando en una comida colectiva se hace un repentino y sorprendente silencio porque todo el mundo está saboreando simultáneamente un plato exquisito.
Pero lo cierto es que el egregor, o energía máxima del colectivo humano, depende de cuestiones tangibles, como las siguientes.

  1. Conviene realizar las tareas en lugares dedicados exclusivamente a ellas. Utilizar un mismo lugar para diferentes tipos de actividades obliga a cambiar el mobiliario funcional, de modo que nunca tendremos el óptimo para cada tarea. Por ejemplo, las principales orquestas del mundo tienen su sede permanente, mientras que las bandas populares tocan por las calles o en sillas plegables instaladas en los quioscos de las plazas abiertos a la intemperie.
  2. Los protocolos de actuación pueden ser cerrados o abiertos. Llamo cerrados a los que lo detallan todo y dejan un margen de interpretación mínimo. Llamo abiertos a los que solo detallan grandes rasgos y dejan un amplio margen de libertad al ejecutor. Por ejemplo, la partitura de una orquesta es un protocolo cerrado, y el orden del día de un debate es un protocolo abierto. Un ritual puede estar formado por varios protocolos cerrados o abiertos.
    1. Los protocolos cerrados deben ser precisos y resolver correctamente los problemas de coordinación entre las personas. Por ejemplo, las partituras de una orquesta de 100 personas puede llegar a coordinar una media de 200 gestos por segundo, lo que hace un total 1.440.000 gestos en 2 horas. Otro ejemplo: el ritual de una celebración religiosa, o de una fiesta militar, puede especificar los momentos exactos en que se inicia y termina la música.
    2. En los protocolos abiertos es conveniente que todos los miembros sepan con antelación cuáles serán los hitos a seguir, por ejemplo, los temas a tratar en una reunión. Así tendrán tiempo de estudiar los hitos o temas, y esto mejorará su ejecución o sus aportaciones en el transcurso del protocolo.
  3. Las personas deben prestar atención sostenida a los protocolos para ejecutarlos con minuciosidad y elegancia en el momento oportuno. Por ejemplo, es el caso de cada miembro de la orquesta, o el de los miembros de un debate parlamentario, que saben con antelación los temas a tratar en el debate.
  4. Una cuestión especialmente delicada en protocolos deliberativos, es decir, en protocolos de confrontación de ideas, es la manifestación de ideas contrarias a intervenciones anteriores. Muchas personas piensan que es mejor no manifestar tales ideas contrarias a otras anteriores. A mi entender, esto es incorrecto, y puede llevar a la esclerosis de las mejores organizaciones, pues impide que se adapten a las nuevas circunstancias o descubrimientos históricos. Pero también es cierto que las críticas hay que manifestarlas con suavidad y delicadeza, refiriéndose a las acciones, no descalificando a las personas, señalando los inconvenientes de lo criticado, y las ventajas de lo defendido. Y admitiendo, por supuesto, que la contraparte haga lo mismo con nuestras ideas. Solo así, confrontando ideas noblemente, llegaremos al conocimiento de la verdad y a la construcción del acuerdo y la armonía.

Al parecer, muchos de nosotros llegan a fluir cuando aparece el egregor. ¿Qué es fluir? Según el psicólogo positivo Mihaly Csikszentmihalyi (/chik-sent-mijayi/), fluir es una experiencia subjetiva óptima en la que evitamos la ansiedad y el aburrimiento, ponemos orden en la mente, disfrutamos, nos alegramos, crecemos mentalmente, y perdemos la noción del tiempo de modo que las horas pasan sin darnos cuenta. Tan buena es la sensación del flujo que repetir la actividad en que la logramos puede llegar a constituir el sentido de nuestra vida. Fluir es la esencia de una vida feliz.

Pero fluir, o entrar en estado de flujo, no se logra mediante el placer instantáneo de los sentidos, ni por gracia de la providencia, sino mediante el control de la atención y el esfuerzo constante, en pos de una meta. Cuando alguien ha optado por una meta y se involucra en ella hasta los límites de la concentración de su atención, cualquier cosa que haga buscándola le resultará agradable. Pero el disfrute no llega solo, sino que es el resultado de combatir obstáculos de todo tipo.

Es por eso, que podemos fluir realizando las mismas tareas colectivas cuya buena coordinación producen el egregor. Podemos fluir en Auzo-lan, que en euskera significa trabajo (lan) de barrio (auzo), en referencia a los trabajos comunales de limpieza de caminos, realización de fuentes, limpieza de bosques, etc, que se realizaban en los pueblos.

En realidad no fluimos porque aparece el egregor, sino porque nos tomamos en serio y nos concentramos en la ejecución de los trabajos cuya buena coordinación producen como resultado el egregor. O sea, no fluimos porque aparece el egregor, sino buscando el egregor. El flujo individual y el egregor colectivo son resultado del trabajo bien hecho. Por eso, también podríamos decir que el egregor se produce cuando el colectivo fluye, es decir, que el egregor es un fluir colectivo.

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