Hoy, 10 de Diciembre, se cumplen 69 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, una iniciativa políticamente transversal que fue producto de las devastadoras consecuencias de la 2ª Guerra Mundial; tras ella, los contendientes y una buena parte de los países/víctimas-colaterales se pusieron de acuerdo para elaborar una declaración de principios cuya principal finalidad era que, como el aceite, se extendiese por el planeta.
Debemos ser conscientes de que, pese a su capacidad de penetración, que ha empapado prácticamente las almas de los seres humanos, su despliegue real y efectivo está resultando un fracaso en bastante más de la mitad del planeta: tanto los gobiernos del Primer Mundo, a través de su exportación sistemática de violencia y transgresión, como los del resto, incluidos los países llamados emergentes, no acostumbran a respetar la Declaración, de modo que la violencia, la victimización de la población civil, sus escaseces, su miedo y su tristeza son una muy mala cosecha de la Declaración Universal.
Hoy también, pero hace 19 años, se proclamó en Valencia la Declaración Universal de los Deberes y las Responsabilidades, una suerte de colofón o estrambote para la de 1948, una llamada a que tanto las personas como los gobiernos tomemos en cuenta que no ha de haber, para que las cosas funcionen, derechos sin deberes porque somos seres sociales y una parte importante del progreso de la humanidad nace de la interacción, del quid pro quo, del respeto por un@ mismo@ y, desde ahí, por l@s demás.
Hoy, por lo tanto, es un día para recordarnos que tod@s sin excepción somos responsables, cada cual en su ámbito de acción -personal, familiar, laboral, social…- de que el respeto y el amor reine entre las personas que poblamos el planeta independientemente de su color. Respeto por nuestro espacio vital y nuestras costumbres y, desde allí, por los de los demás.

Menandro

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